martes, 8 de febrero de 2011

LA MUJER DEL COMPARTIMENTO

Estoy cansada, hoy no ha sido un día agotador, pero estoy cansada.

Quizá eso no tiene que ver con el hoy, sino con un ayer que se proyecta cada día hacia la vuelta de la esquina… Creo que a veces me puede el estrés, creo, que ya soy mayorcita, que ya sé de qué va el juego, creo que me debería preocupar por mantener lo poco estable que hay en mí, que tengo un buen trabajo y que no todo el mundo lo tiene hoy día, creo que debería regar las plantas y que hacer la colada… pero sin embargo, me cuesta encontrar una excusa, y aquí estoy, divagando con las piernas encogidas sobre mi asiento, abrazando una tacita de chocolate caliente mientras veo como la tarde se va desvaneciendo poco a poco tras los cristales.

¿Qué demonios me pasa?

Algo me dice que esta será la última vez que cojo un tren sin destino, no puedo pasar toda la vida persiguiendo un instante de tiempo, para el cual, he de perder demasiados; no, no se trata de pereza, es otra cosa, es simplemente que esto no es para mí, estoy harta de escuchar siempre la misma canción, estoy harta de silbar para olvidar… y si río quizá es porque aún no olvido, quizá no silbe lo suficiente…
Me gustaría encenderme un cigarrillo, sentirle levemente entre mis dedos, dar una calada de vez en cuando y hundirme en el asiento y… nada más; y sin embargo aquí estoy, perdiendo la mirada en esa oscuridad en movimiento que va casi tan rápido como mis pensamientos.

Recuerdo la última vez que nos vimos, recuerdo mi pañuelo rojo resbalando por su cuello, sus labios cayendo por el hueco de mi escote alegando tener que limpiar una mancha que se me había caído, recuerdo como le miraba largos minutos en silencio, y él, tan solo levantaba la mirada eventualmente, como con indiferencia, pero al bajarla de nuevo aparecía en su cara esa maldita sonrisa queda, que ahí se quedaba, recuerdo sus preguntas siempre tan extrañas a las que siempre respondía con ambigüedad; quizá ese continuo intento por seducir, siempre inconcluso, es lo que me sedujo a mí, quizá es el intento por vivir lo que con otra edad no hice y ahora con dos dedos y tres arrugas de más en la frente quiero tener, quizá simplemente, es que aún siento su aroma en mi pañuelo y por eso me acuerdo de él… ¡si hubiera puesto la colada otro gallo cantaría!

Habrá que reírse ¿no?

Ante todo habrá que replantearse un nuevo mañana, mientras salvando las distancias, entre el mañana y el hoy, de momento hay un cielo azul oscuro lleno de estrellas que no marcan ninguna dirección; porque montada en este tren, lo cierto, es que las distancias hacia ese nuevo mañana parecen un abismo: un abismo abisal, pues como en las corrientes marinas, perezco montada en una ola que me hace caer una y otra vez… esto no tiene color.

¿Cuándo todo esto dejará de ser una fuga de ideas y se convertirá en planes descritos de forma literal? Espero que pronto, aunque sé que no será hoy… mañana no lo sé.

Quizá debería escribir algo para hacer más ameno el viaje, algo así como: “embarcada hacia la madurez con armas de mujer”, por lo menos suena a nombre de novela, qué gracia. La verdad, me empiezan a pesar los párpados pero me parece un buen comienzo…

Pinto las distancias de azul oscuro,
yo, embarcada hacia la madurez
conservando mis armas de mujer
con la estrella de un mañana seguro,
mientras maldigo a mi pañuelo rojo
busco ideas literales a mares…
la canción mancha mis auriculares
y el destino es un chocolate flojo,
letras inconclusas en el olvido,
pereza por parar el movimiento,
la excusa de actuar por seducir,
es una ola de color desteñido
en cristales de inferencia exentos…
¡el estrés de un aroma! … ¿qué decir?


J.Martín

1 comentario:

Akavai dijo...

Me encanta... sin mas! es espectacular!