El cielo se nos venía encima
con su frío, blanco abrazo
más y más cerca en cada trazo
pincelada del artista.
Mantuvimos nuestra vista
bajo los suaves codazos
de un aire de tímidos brazos
que este lugar acaricia.
Tremendo llanto se inicia:
los ángeles rompen los lazos
de su tregua, dando mazos,
sus lágrimas desperdician,
y de novia la ciudad
de impureza sin sonrojos
se engalana a nuestros ojos
sin ropa en la intimidad.
Y cuando sale la luna
a contemplar la ciudad
a esta dama ya la acuna
la mágica Navidad.
Las luces centelleaban
chocolates y cervezas
perdían las sutilezas
y el arte nos inundaba.
Como en un cuento de hadas
la magia se terminaba
y una aventura aguardaba
sin dragones, sin espadas.
Sucedió en un libro abierto
pasándo páginas grises
y las horas sin que avisen
en soñados y despiertos.
J. Martín
María Villacañas
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