Embarcada hacia la madurez
viendo pasar de largo mi destino
¿qué es mi sino, si no algo prohibido?
que con su movimiento
abre mis ojos esta vez
al estrés del viento.
No acepto el rumbo del barco
es sólo una excusa barata
que hace crecer la mata
de la pereza del viaje
atravesando las estrellas en arco
y me hacen pagar peaje.
Y en mi pañuelo la tirantez,
el temor a lo temido,
el placer de lo vivido,
y no escarmiento.
Hay una mancha de escasez
en mi acuartelamiento.
La indiferencia en un charco,
una idea convertida en errata,
la manipulación de una gata,
que inhibe el aprendizaje,
de la ambigüedad del marco
que creó el coraje.
El coraje de la estupidez
de no aceptar el tiempo felino
que siete vidas ha vivido
y ya mira sin desaliento,
sus emociones son placidez.
Cosa que yo intento
pero con mis silencios me desmarco
de la canción de la cabalgata
con el aroma de su corbata
dejando oculto lo interesante, camuflaje...
de la infancia que aparco
y me lanzo sin maquillaje.